Lo cuenta en su Substack.
Una de las principales realidades de ser una estrella del pop es que, a cierto nivel, es jodidamente divertido. Vas a fiestas increíbles en un SUV negro, puedes fumar en el coche, sacar medio cuerpo por el techo corredizo y gritar, y hacer toda esa mierda cliché. En esas fiestas a veces conoces a gente interesante, y esa gente interesante muchas veces realmente quiere conocerte a ti. Puedes llevar ropa, zapatos y joyas fabulosas que a veces vienen incluso con su propio guarda de seguridad que te sigue por toda la fiesta asegurándose de que no pierdas los pendientes absurdamente caros que llevas en las orejas, o de que no dejes que alguna persona random que acabas de conocer en el baño se pruebe el collar que tienes puesto y que básicamente equivale al Corazón del Mal. Te dan cosas muy buenas gratis: móviles, portátiles, vinilos, viajes, gominolas de setas, auriculares, ropa e incluso a veces una bici eléctrica que se quedará en tu garaje sin tocarse durante casi cinco años. En los restaurantes entras por la puerta de atrás y le dedicas una media sonrisa al chef (que probablemente te odia) y a los camareros (que también te odian) mientras ellos sudan haciendo un trabajo de verdad, mientras tú atraviesas la cocina pavoneándote con tus cuatro mejores amigos, que van de acompañantes. Te sientes especial, pero también tienes que sentir en ciertos momentos la vergüenza de lo ridículo que es todo esto. También escuchas un montón de música increíble que sin duda va a cambiar la cultura y la percepción pública meses antes de que salga (recuerdo la vez que Addison me puso «Diet Pepsi» por primera vez mientras conducíamos por Nueva York después de cenar en el Casino). A veces puedes ayudar a tus otros amigos popstars dando una opinión, prestando oído, ayudando a tomar una decisión sobre su trabajo, lo que te hace sentir parte de una comunidad interconectada con gente a la que quieres y respetas. También tienes fans, y su dedicación a tu trabajo te hace sentir que estarán contigo hasta el fin de los tiempos, aunque en realidad no. Te subes a un escenario y te sientes como un Dios. Haces que la gente llore de felicidad; acompañas sus rupturas, su recuperación, sus noches locas, su venganza, su amor, sus vidas. Viajas por el mundo y ves todo tipo de lugares, y ni siquiera tienes que preocuparte por reservar absolutamente nada porque tienes un tour manager increíble que lo hace por ti. Puedes llamar diciendo que estás enfermo cuando te dé la gana y nunca tienes que preocuparte por cancelar a última hora, porque sabes perfectamente que hay otra estrella del pop por ahí que es muchísimo más impuntual e inestable que tú. Gracias a Dios.
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Otra cosa de ser una estrella del pop es que no puedes evitar que haya gente absolutamente empeñada en demostrar que eres estúpida. Siempre me ha fascinado esto y creo que tiene que ver con la proyección personal. Ser una estrella del pop siempre ha sido, en parte, ser una fantasía, y obviamente esa fantasía la decide sobre todo el consumidor. El marketing, la estrategia, el packaging y la presentación pueden hacer todo lo posible por guiar al espectador hacia el resultado deseado, pero al final del día es el consumidor quien decide si una popstar es un símbolo sexual, o de anarquía, o de inteligencia, o de lo que él o ella quiera ver. A veces a la gente no le gusta ser parte del consenso general; les gusta llevar la contraria a la opinión pública, y ahí es cuando nace esa postura totalmente opuesta y desafiante. En vez de “es un símbolo sexual”, se convierte en “es una zorra”. En vez de “es anárquica”, pasa a “es una puta drogadicta”. En vez de “es inteligente”, se vuelve “es una pretenciosa que no dijo absolutamente nada”, y así sucesivamente. Creo que ahí es donde muchas veces nace la narrativa de la estupidez. Siempre me he preguntado por qué el éxito ajeno despierta tanta rabia y enfado en ciertas personas, y creo que se reduce a que la sociedad patriarcal en la que, por desgracia, vivimos nos ha lavado el cerebro con éxito. Seguimos entrenados para odiar a las mujeres, para odiarnos a nosotras mismas y para enfadarnos con las mujeres cuando se salen de la cajita ordenada en la que la percepción pública las ha metido. Creo que, inconscientemente, la gente aún piensa que solo hay espacio para que las mujeres sean de cierta manera, y que si dicen ser algo, más les vale NO ATREVERSE a crecer, o cambiar, o transformarse en otra cosa. Y obviamente la gente quiere clics, y una postura contraria siempre los consigue. Cuando me uní a Substack hubo un aluvión de artículos y preguntas sobre el porqué. Algunos teorizaron sobre mi supuesta necesidad de escribir textos largos y conectar más con mi base de fans; otros estaban simplemente emocionados; otros sugirieron que estaba siguiendo el consejo de mi discográfica para intentar estar en todas las plataformas; y algunos se sorprendieron de que me quedaran suficientes neuronas como para escribir, con toda la fiesta que me pego (!). La verdad es que siempre me ha encantado escribir, así que ¿por qué coño no? En general me sentí bienvenida en la comunidad, pero también vi esa pequeña ola de gente molesta porque había derribado las paredes de la caja en la que estaban empeñados en encerrarme: la caja, o mejor dicho, la marca, de la chica fiestera que fuma, se mete coca, ama el color verde y no tiene capacidad para nada más. Para ellos soy una tontita porque eso es lo que desean que sea. Supongo que a veces es parte del trato.
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Mi último pensamiento sobre ser una estrella del pop es que hay una expectativa de que seas completamente sincera todo el tiempo. En los últimos años, algunas personas parecen haber asociado la fama con una responsabilidad moral que nunca he entendido del todo. Todos mis artistas favoritos no son en absoluto modelos a seguir, ni querría que lo fueran, pero quizá eso solo sea cosa mía. Yo quiero hedonismo, peligro y un aire antiestablishment en mis artistas, porque cuando era más joven quería escapar a través de ellos. No me importa si dicen la verdad, si mienten, si interpretan un personaje, si adoptan un papel o si inventan escenarios y mundos enteros. Para mí, ese es el punto: ese es el drama, esa es la diversión, esa es la FANTASÍA.


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