Todos vivimos ahora en el castillo del vampiro [elsaltodiario.com]

Este artículo de Yasha Levine sostiene que las redes sociales han erigido un “castillo del vampiro” que convierte el conflicto y la indignación en adicción rentable, despolitizando y pacificando a la ciudadanía. La salida pasa por recuperar organización material fuera de las plataformas y cortar la dependencia obsesiva de la información en tiempo real.

Han pasado casi doce años desde que Mark Fisher escribió su ensayo Salir del castillo del vampiro sobre la cultura política tóxica y destructiva que había surgido en los círculos de la izquierda liberal a raíz de las tecnologías de las redes sociales. 

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Fisher no se centró en las políticas de la tecnología que crearon el castillo del vampiro, pero esas políticas están ahí. El castillo del vampiro se construyó sobre las redes sociales, y las redes sociales están diseñadas para generar y multiplicar el conflicto, para despertar la rabia, sembrar la división y ensanchar las diferencias, y, en última instancia, controlarnos y pacificarnos haciéndonos adictos a las interacciones digitales. Éste es el modo en el que los gigantescos monopolios del sector hacen dinero y nos mantienen en sus plataformas.

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Es verdad que las redes sociales no inventaron las peleas políticas intestinas ni los conflictos mezquinos. Pero internet ha permitido que se nos inunde de ello a una escala sin precedentes. Somos bombardeados por contenidos basura centrados en guerras culturales veinticuatro horas al día, siete días a la semana.

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Con el tiempo he llegado a la conclusión de que no podemos abandonar el castillo del vampiro sin abandonar físicamente la tecnología con la que fue construido. Hemos de comprender que esta tecnología tiene una política propia y que no podemos escapar plenamente de ella mientras vivamos en su tecnología, absortos en nuestros teléfonos móviles. Pensar que puedes ganar desde dentro del castillo del vampiro es lo que te atrapa todavía más, es lo que hace que el castillo del vampiro sea lo que es.

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He participado del “Twitter político” desde hace más de una década. Lo he visto desarrollarse y he visto formarse una cultura a su alrededor. Demonios, he sido una de las personas que ha participado en él y que ha aportado su granito de arena a formarlo. En los últimos años he dado un paso atrás, lo suficiente como para ganar una distancia crítica. Y una de las partes más perturbadoras de la cultura que la tecnología de las redes sociales ha creado es que ha dado a la gente una necesidad casi obsesiva-compulsiva de “saber”, de saber lo que está ocurriendo ahora mismo, de estar conectado, de estar al corriente. Esta parte de la cultura siempre está ahí, un día tras otro. La gente se despierta e inmediatamente explora su feed, sincronizando su cerebro con todo lo que ha ocurrido mientras estaban durmiendo.

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Acumulamos cada vez más y más información sobre el mundo exterior, un mundo alejado de nuestra experiencia cotidiana. ¿Y con qué fin? No hay nada que podamos hacer con la información. Una cosa es estar al corriente de las noticias, pero esto es algo diferente. La gente se ha convertido en expertos especializados, como si se sentasen en una mesa del FSB o la CIA y fuesen los responsables de conocer el movimiento exacto de tropas en el frente en la guerra en Ucrania o las localizaciones precisas de los bombardeos israelíes en Irán. ¿Para qué? No estoy del todo seguro. Para entretenerse, supongo. Pero es una forma de entretenerse macabra y desestabilizadora. Acecha ahí, se acumula y abarrota las cabezas de información, haciendo que brote por las orejas y crezca en montañas a nuestro alrededor.

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No estoy diciendo que disponer de información y conocimiento sobre nuestro mundo no pueda ser útil o empoderador. Puede serlo. Pero creo que hemos entrado en una realidad muy diferente. Nuestras mentes están tan atiborradas de información y carecen de cualquier manera de darle utilidad, más allá de discutirnos online con nuestros enemigos ideológicos, que recibir más información solamente nos debilita. Nos hemos convertido en obsesivos-compulsivos sin remedio, atrapados en un loop infinito de necesitar “saber”. Somos un caso clínico, no muy diferente al de la gente que no puede dejar de lavarse sus manos o desinfectar los pomos de las puertas un millón de veces.

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